CELAC ¿Solución o nuevo frente de conflicto?

«La diplomacia te saca de un problema en el que el tacto te hubiera evitado meterte»

Brian Bowling, humanista estadounidense.

Mientras en el plano interno se implementa una nueva estrategia para profundizar el debilitamiento de la oposición, y lograr una forzada unidad nacional en torno al proyecto de la 4T, utilizando para ello la invitación a algunos gobernadores todavía en funciones emanados de partidos opositores a integrarse al equipo de gobierno; en el plano internacional se redoblan esfuerzos para obtener el liderazgo regional en América Latina.

A simple vista, asumir ese liderazgo no tiene en sí mismo una consecuencia adversa para el país, pero si se considera la no tan sorda lucha entre las potencias antiguas y emergentes como Estados Unidos, Rusia y China por hacerse del control mundial, el objetivo de materializar el sueño de Bolívar encabezado por México, implica tomar partido contra nuestro vecino del norte, que es también nuestro principal socio comercial y del que dependemos en gran medida; y puede producir un escenario de confrontación que si tendrá efectos desfavorables.

Mucho se habló durante los dos primeros años de gobierno, sobre el aparente ostracismo del presidente López Obrador al no viajar al extranjero. Solo realizó un viaje a Washington para conversar con Donald Trump, pero la silenciosa actividad del canciller Marcelo Ebrard no ha cesado, y tuvo este año su apogeo al celebrarse en México dos reuniones de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, una a finales de julio con la asistencia de cancilleres, y otra la reunión cumbre del pasado 18 de septiembre, a la que asistieron 17 Jefes de Estado y 14 cancilleres que representaron a los 31 países miembros.

En el marco de la reunión de cancilleres en julio, se conmemoró el 238 aniversario de Simón Bolívar, el Libertador de América, y en su intervención López Obrador hizo suyo el sueño bolivariano de una América Latina unificada, al condenar el intervencionismo de los Estados Unidos en la región, fustigar a la OEA acusándola de ser un organismo lacayo de aquél país, y se refirió a la necesidad de que se levante el bloqueo económico estadounidense sobre Cuba; con lo cual dejó en claro que durante su gobierno la política exterior de México estará fundada en la Doctrina Estrada, que postula la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la improcedencia de que un País califique la legitimidad de un gobierno extranjero.

En esa ocasión el mandatario mexicano expresó que "ya es momento de una nueva convivencia entre todos los países de América, porque el modelo impuesto hace más de dos siglos está agotado, no tiene futuro ni salida, ya no beneficia a nadie"; una gran verdad que, no por serlo se dijo en el momento adecuado. Todos estos   conceptos no serán del agrado del gobierno norteamericano, y pueden convertirse en serias fuentes de conflicto bilateral, para el cual los mexicanos no sabemos si el gobierno ha pensado en la solución, o solo es una confrontación que no tiene futuro ni salida. 

La posición presidencial respecto a Cuba no es para nada novedosa, la tuvieron antes distintos mandatarios, entre ellos Luis Echevarría, aunque nunca se hizo nada para materializarla, ya que la sola declaración logra exaltar nuestro nacionalismo, genera admiración por la valentía de enfrentar al imperio y reditúa en aprobación popular. Pero en la cruda realidad el sueño bolivariano sigue siendo una quimera, porque lograr su consolidación será solo cambiar el amo actual por otro que no habite en nuestro continente.

El riesgo de conflicto se incrementa debido a las resistencias internas surgidas en el seno de la CELAC, que amenazan con la división, en la que México podría quedar solo y expuesto. Y no es solo que un gobierno de derecha como el de Brasil, una de las economías más fuertes de América Latina, haya decidido retirarse de este esfuerzo integrador por considerar que el organismo no tiene condiciones para actuar adecuadamente en el actual contexto de crisis regional, sino porque a su juicio, da protagonismo a regímenes totalitarios, como expresó el canciller brasileño Ernesto Araujo en enero de 2020, al anunciar el retiro de su país, refiriéndose a Cuba, Nicaragua y Venezuela, países con los que al parecer México hace bloque.

La reunión del sábado 18 en la Ciudad de México fue una extensión del posicionamiento brasileño, ahora en voz de los mandatarios de Paraguay y Uruguay, que se confrontaron con los presidentes de Venezuela y Cuba por la falta de democracia en esos países y cuestionaron su presencia en la cumbre.

Son rescatables varios de los acuerdos tomados durante esta cumbre, entre los que destaca el posicionamiento unánime para condenar el bloqueo económico a Cuba, porque abriría las puertas de ese país a la verdadera democracia, lo que va en contrasentido de la postura gubernamental de México por desaparecer instituciones como el INE que han permitido la alternancia. Rescatable también el acuerdo de crear un fondo común para desastres naturales, cuando en México se eliminó la institución administradora del FONDEN; y la posición conjunta frente al FMI, para lograr que los países del área tengan acceso a recursos en el corto plazo y se reduzca el peso de sus respectivas deudas externas, aunque nuestro gobierno afirma que no contratará deuda, aunque como dijera el clásico, por debajo, bolas.

La CELAC puede tener muchas bondades, pero su afiliación a un bloque mundial puede ser la sentencia de muerte de la democracia y la del propio organismo.


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