Detrás de las etiquetas

Aún no hemos aprendido a diferenciar entre un objeto y una persona a la hora de poner etiquetas. Seguimos cosificando lo que somos.

Cuando etiquetamos a alguien, así sea a nosotros mismos, estamos tapando la esencia de la persona con una capa tras otra de estereotipos y roles que vamos asignando. El rol del inútil, del malo, la niña bien, el fracasado, el héroe, el tonto, la oveja negra, el matadito, el dejado o al que todo le vale.

Con connotación positiva o negativa, las etiquetas nos dan un rol difícil de llenar, porque mientras las negativas son juicios de valor que nos generan inseguridad y una sensación de rechazo; las positivas exageran cualidades, a tal punto de crear expectativas que no podemos llenar, como ser el más inteligente, el más bueno o el más alegre, no dan cabida a ser simplemente lo que somos.

Si las personas entendieran el verdadero impacto de las palabras, que nos programamos y construimos acorde a ellas, como asumimos el rol en el que nos encasillan o frustramos lo que somos según la etiqueta que nos ponen; seguro le pondrían un filtro a su boca y con más espacios de silencio, empezarían a escuchar y observar, a comprender y, cuando logras este entendimiento de lo que te rodea, entonces sí tienes algo bueno que decir.

En lugar de una etiqueta, que siempre es limitadora, porque influye en nuestro rendimiento, en nuestra forma de ser y de actuar. Cuando aceptamos las etiquetas se vuelven algo más con lo que tenemos que cargar, un recordatorio de lo no hicimos bien o de lo que los demás esperan que seamos.

Lo grave es que, de tanto escuchar el mismo mensaje, creemos ciegamente que la vida es así, que todos los hombres deben ser fuertes, que todas las mujeres deben ser tiernas, que los padres siempre saben lo que hacen, que la pobreza te hace un vago y el peso define la belleza.

Pero ¿qué pasa cuando sueltas todas las etiquetas?

Apareces tú, como lo que eres, un ser humano: con defectos, manías, miedos, habilidades, ideas, esperanzas, que ríe, que llora, que siente. Entonces no somos tan diferentes como creíamos, dentro de todo estamos en las mismas circunstancias, somos igual de fuertes o vulnerables.

Detrás de todas estas barreras y condicionantes que ponemos hay una persona que nos estamos perdiendo, una humanidad que poco a poco se va quedando sin rostro; así que no hacen falta tantas categorías y generalizaciones, porque no somos un simple envase en busca de una etiqueta.

Aracely Ceballos


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