El primer día de los mexicanos

Cualquiera que sea el desenlace del proceso electoral en curso, México, su política y sus políticos serán otros después del 1 de julio. Seremos distintos a nuestro ser actual todos los que vivimos en un país que no está acostumbrado a debatir para mejorar, sino a ganar aunque tengamos que descalificar, sea con razón o sin ella.

El pragmatismo –esa doctrina que reduce lo verdadero a lo útil- se ha enseñoreado de nuestro espacio político y por él queremos que nuestra interpretación de la realidad, nuestra visión de país, nuestra opinión en cualquier tema se imponga, y no solo prevalezca sobre las demás, sino que las someta sin darles oportunidad de expresarse, con lo que cavamos el sepulcro del pluralismo y anticipamos el deceso de la democracia.

La filosofía política define el pragmatismo como una forma de actuar, de conducirse o de tomar decisiones, bajo un criterio único que juzga la validez de cualquier acción a partir de sus efectos prácticos. Para el pragmatismo político lo cierto es lo útil, lo funcional. Sin embargo siguen surgiendo las preguntas ¿funcional para qué?, ¿útil para quién? 

En el presente proceso vivimos la confrontación entre un populismo que aspira al control de la economía y de la política por el Estado, y el neoliberalismo surgido de la globalización, que ha generado una gran concentración de la riqueza en pocas manos; y cada una de las corrientes asume posturas pragmáticas para apropiarse del Poder, tratando de convencernos de que uno y otro planteamiento es mejor que su contrario, y eso es lo que cada uno de los ciudadanos debemos decidir.

Desafortunadamente, nuestro nivel educativo y nuestra cultura política son, aunque duela reconocerlo, deficientes y subdesarrolladas. ¿Cómo explicar si no que se satanice a un comunicador y se le etiquete de tal o cual cosa porque su opinión no coincide con la del candidato o partido de nuestra preferencia?

Y en estos tiempos globales, de comunicación veloz y de redes sociales, tampoco podemos explicarnos la intolerancia de todos los signos y colores que se desboca contra unos y otros cuando emitimos opiniones. [jp1] 

Ya es tiempo de que nos apartemos de ideologías definitivas y dogmatismos que orientan hacia el  totalitarismo y la discriminación, de que nos veamos como parte de una sociedad que no puede crecer ni sostenerse, si no es con el concurso de todos los que la formamos.

Es cierto que la clase política nos ha fallado a todos, que hay corrupción galopante y, sobre todo, una impunidad imperdonable, nadie puede negar esos hechos. Pero la solución no está en actitudes violentas y destructivas, sino en recuperar lo que aún es salvable de nuestra cultura, de nuestros valores y, por qué no decirlo, de nuestra política.

La política es necesaria, porque sin ella no puede haber organización social, ni convivencia, ni cultura; simplemente, sin la política no puede haber sociedad. Lo que el país necesita no es venganza ni rencor, lo que requiere es que juntos construyamos los espacios para la libre participación ciudadana en la esfera de lo público.

Necesita que cada uno de nosotros haga lo necesario para convertirse en un ciudadano consciente y participativo, con voz propia, que no caiga en las trampas de quienes solo buscan su beneficio personal; que no convierta la política en un coto de caudillos.

Decir la verdad, respetar los derechos de los demás, acatar la ley y practicar la libertad personal, esa debe ser la esencia del nuevo mexicano.

Como seres racionales, demos espacio a la razón y al entendimiento; cerremos desde ahora el paso a la violencia y a la destrucción y abramos nuestros oídos y nuestras conciencias a quienes piensan diferente, porque seguramente algo deben tener de bueno y porque nadie es depositario de la verdad absoluta.

No satanicemos la política ni a los políticos, asumamos cada uno el papel que nos corresponde en ella y exijamos de nuestros representantes todo aquello que nosotros mismos estemos dispuestos a hacer. Si no queremos corruptelas, no las permitamos, denunciémoslas cuando y donde las encontremos.

Antes de ver la paja en el ojo ajeno, revisemos el propio y recordemos que no existe un corrupto sin que haya corruptor. No le entremos a la mordida ni pretendamos apurar un trámite entregando propina, mejor hagamos pública nuestra queja por un mal servicio y exijamos eficiencia a los servidores públicos.

No pretendamos desaparecer a los políticos. No importa si parece un provocador o un crítico fastidioso, un educador o un conversador atento, porque por más que nuestro coraje actual nos empuje a despreciarlos, lo cierto es que toda sociedad los necesita.

Los políticos son necesarios para formar nuestra opinión sobre el gobierno y a veces hasta para definir nuestro estado de ánimo y para impulsar el indispensable diálogo social; como también los requerimos para las fiestas cívicas, para las celebraciones históricas, para criticar y protestar, para gobernar y aún para organizar revoluciones.

A partir de este 2 de julio festeja el triunfo o llora la derrota, pero ten la seguridad de que México continúa. Gane quien gane no vale la pena el pleito. Si todos estamos conscientes de que México requiere de una reingeniería de su sistema político, que tiene que repensarse y reconstruirse sobre la base de la unidad, de la pluralidad y del respeto mutuo, pongamos manos a la obra.

Así como nos ha unido la intención trumpista de construir un muro, de movilizar la guardia nacional a nuestra frontera norte, de dar por terminado el tratado de libre comercio y otras amenazas, que el primer día después de la elección y todos los que le sigan sean de reflexión sobre problemas más importantes que juntos tenemos que resolver.