Mexicanos… el rencor guardado

Desde hace poco más de 48 años, el Gobierno de la República no enfrentaba una crisis política de magnitudes tales como las que hoy tiene frente a sí.

Fue aquella revuelta social de 1968 cuando el gobierno del entonces Presidente Gustavo Díaz Ordaz, con la fuerza del Estado, enfrentó la ira de un pueblo que buscaba, entre otras cosas,  justicia para las clases sociales desprotegidas de México.

La cuota que el pueblo de México pagó en aquellas fechas fue muy alta. No en materia económica, sino en sangre.

El recuento de las vidas humanas perdidas en esa gesta social no está debidamente registrado y menos contabilizado o documentado, pero se sugiere que fueron cientos. Incluso, aún se habla de decenas de desaparecidos que son todavía buscados por sus infatigables familiares.

Hoy, ubicados en los albores del 2017, nuestro país pareciera querer revivir aquella época que para nada significa un buen recuerdo para el pueblo, y mucho menos un orgullo para quienes gobiernan la nación.

Aunque las movilizaciones sociales que a lo largo y ancho del país empiezan a surgir en contra de las políticas públicas del actual gobierno mexicano es apenas un bosquejo de una revuelta social, nos parece inevitable encauzar nuestra percepción hacia algo muy parecido de importantes dimensiones.

El gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto lo sabe, lo percibe, lo siente y presiente.

Entiende entonces nuestro gobierno que el pueblo ya se cansó de jugar el rol de víctimas frente a los abusos y autoritarismos implacables por parte de las castas privilegiadas y poderosas.

Sabe nuestro gobierno constitucional que los ciudadanos comunes y corrientes han llegado al límite de su obediencia a las políticas públicas que de manera autoritaria y unilateral ha venido imponiendo para delinear el rumbo político, económico y social por el que deben transitar sus gobernados.  

Y presiente el Presidente Peña Nieto, que la solidaridad y el apoyo casi incondicional que el pueblo  mexicano tantas veces otorgó y refrendó a las directrices políticas trazadas por los gobiernos de la república no podrían durar toda la vida, y que todo parece indicar que la famosa solidaridad ha llegado al límite de la tolerancia para dar paso a una inusitada y ya irreversible rebeldía.

Es factible pensar de tal modo, que el polémico y repudiado “gasolinazo” (el cual literalmente vino a incendiar los ánimos de los mexicanos) resultó ser el detonante que sirvió para sacar a la gente del marasmo casi hipnótico en que había permanecido por varias décadas, dejando que el gobierno actuara y decidiera con absoluta libertad e impunidad sobre el futuro de su patria.

En mi caso muy personal de ver las cosas, considero  que aunque en efecto el “gasolinazo” resultó ser el detonante que dio pauta al inicio de una manifestación social de corte nacional, la realidad nos indica que esa manifestación se estaba gestando desde hace años y que el pueblo de México solo estaba esperando la primera oportunidad para salir a la calle a gritarle sus verdades al gobierno.

Considero que el problema de los mexicanos no es precisamente en contra de la persona de Enrique Peña Nieto, sino más bien sería en contra de la investidura presidencial que ostenta y que por muchas décadas se ha convertido en el látigo que azota sin piedad al sufrido y muy aguantador pueblo mexicano. De cualquier manera, Peña Nieto tendrá que responder por la parte del problema que le corresponde.

Y es que reniega hoy el pueblo de sus gobiernos corruptos, abusivos, despiadados y ladrones que han hecho de la impunidad una cobija que ha arropado a una generación tras otra de políticos vaquetones que no se han cansado de saquear una nación como México que fue privilegiada por la madre naturaleza de grandes e inagotables fuentes de riqueza.

Por todo ello, digo e insisto, el gobierno de Peña Nieto es apenas parte de esa gran historia de retraso e injusticia social que flagela al pueblo de 

México, y para su desgracia, le tocó la responsabilidad de sacar la cara por los cientos de ladrones corruptos que a lo largo de los años han venido arrastrando a nuestro país hacia una crisis económica severa que lacera y lastima  cada día con mayor intensidad a los más necesitados.

Por ello, hoy se manifiesta y está en las calles el pueblo mexicano. Grita desesperado, clama angustiado, llora entristecido, y en muchos de los casos canta el himno nacional en evidente proclama de una manifestación con olor a guerra en contra de lo que es considerado un mal gobierno. 

Una guerra que pretende ser pacífica, pero que para que así resulte, dependerá en gran medida de la atención seria, responsable y nacionalista que el gobierno en funciones le ponga a éste movimiento en aras de encontrar una solución pacífica a los problemas planteados… Una solución que nos permita seguir manteniendo en paz a nuestra querida patria mexicana.