La homeostasis del poder

La autorregulación de los organismos es la maravilla de la naturaleza para los biólogos y el milagro divino para los teólogos.

En esta analogía, la autorregulación del poder es la maravilla de la comunicación y la información para los políticos y el milagro concedido para la sociedad. Los excesos del poder político construyen malestar social, con el tiempo, el malestar es un cáncer difícil de erradicar.

Una de las medidas preventivas es la comunicación de la información a la sociedad, si no es suficiente la promesa, es la obra objetiva: la pastilla terapéutica. Como estrategia política suena fácil, sin embargo, la operación prevención no es igual a la operación curación, mucho menos a la operación rehabilitación.

El arsenal de instrumentos para calmar el malestar social o el malestar político, se reduce a la estrategia de comunicación, así de sencillo y así de complejo. Sencillo porque es el medio más eficaz para conectar a la sociedad con su gobierno; complejo, porque existen intereses o variables difíciles o imposibles de controlar.

En esta complejidad homeostática, la persona responsable de operar los hilos de la información con el objeto de prevenir, evitar o disminuir los efectos del malestar social o político, es el instrumento más valioso de cualquier gobierno.

A veces discretas, en ocasiones expuestas, trasnochando, presionadas por el tiempo, uno de sus peores enemigos, en fin, las personas operadoras de la homeostasis del poder merecen un reconocimiento más allá de la palmadita, el abrazo o la comida social, merecen una solidez en sus ingresos que les asegure tranquilidad en el término natural de su encargo.

En estos días, la sociedad mexicana ve por todos lados la silueta de Peña Nieto, la sinaloense conoce a Quirino, y en Culiacán saben de Chuy Valdés. Todos los nombres incrustados en la memoria social para bien o para mal, dependen en gran medida del trabajo de sus jefes o jefas de comunicación social.

En la percepción social de las políticas públicas, siempre estará la sazón de la persona encargada de la homeostasis del poder, y en Culiacán, aún los paladares exigentes reconocen el toque magistral de la experiencia.