¡Justicia!... La palabra de todos

Escribir sobre el artero asesinato del compañero periodista Javier Valdez Cárdenas sin ser reiterativos en lo mucho que se ha escrito y hablado sobre tan penoso acontecimiento, en verdad me resulta sumamente difícil.

Pero ser omiso y evitar el tema sería a la vez un acto de alcahuetería y cobarde silencio ante un hecho que a todos nos lastima.

“Mataron a Javier Valdez”, fue la frase que de manera virulenta se convirtió en el eco macabro que la mañana del pasado 15 de mayo rebotaba de boca en boca por toda la capital sinaloense.

Incrédulos unos, escépticos otros, a grado tal que hasta los responsables de atender los números de emergencia de las corporaciones policiacas y los cuerpos de auxilio, creyeron que las llamadas registradas para denunciar el atentado del periodista eran producto de esas malas bromas que personas irresponsables suelen hacerles llegar.

Pero la verdad resultó cruda y dolorosa… En efecto, doce balas disparadas al parecer por pistolas escuadras habían cegado la vida de uno de los periodistas más reconocidos de Sinaloa y quizá del contexto nacional.

Ya no había lugar para la duda, Javier Valdez Cárdenas estaba muerto. Tirado en medio de una céntrica calle de Culiacán, nuestra ciudad capital, donde manos criminales le arrebataron su vida.

Y para corroborar su identidad, el dato descriptivo lo aportaba su sombrero de ala corta, prenda indispensable e insustituible en su vestimenta, que como mudo testigo presencial había quedado también besando el pavimento a escasos centímetros de su humanidad.

El hombre de agallas y espolones afilados que se atrevió a señalar con letras y palabras de fuego los actos de corrupción de cualquier hombre o mujer que se moviera en el entorno público local, ya no podría escribir una palabra mas.

Después, al confirmarse su muerte, lágrimas, lamentos y gritos desgarradores de dolor de sus familiares, y de impotencia y temor de sus compañeros periodistas que con palabras entrecortadas se seguían resistiendo a dar crédito a lo que había ocurrido.

Y, por supuesto, las dos preguntas que dentro del desconcierto todos se hacían, pero que nadie podría presumir de contar con la respuesta certera. ¿Por qué lo mataron?... ¿Quiénes lo mataron?.

Pero al siguiente día, la palabra JUSTICIA ya no tenía patente. Era de todos. Periodistas y pueblo en general la hicieron suya y la llevaron hasta palacio de gobierno para que Quirino Ordaz Coppel, el hombre que ostenta las riendas del estado la pudiera escuchar de manera directa y sin interlocutores.

Y así ocurrió: fue un encontronazo entre unas masas enardecidas por la indignación, el coraje y dolor, frente a un gobierno desconcertado, vilipendiado y acorralado.

Un encontronazo que sin duda evidenció la inexperiencia e incapacidad de los cuadros de gobierno para hacer frente a una crisis política y social que los agarró desprevenidos y sin herramientas ni estrategias para hacerle frente.

Habría que haber visto al Subsecretario de Gobierno, Antonio Castañeda, tembloroso, sin tamaños ni arrestos y menos capacidad política para para encarar un problema de la envergadura del que tenía frente a sí… Y es que ya no estaba frente a un mitin del PRI, sino ante la protesta por un acto de gobierno del que es pieza fundamental. Cosas muy distintas, por supuesto.

Negar la presencia en palacio de gobierno de Quirino Ordaz Coppel fue lo primero que se les ocurrió plantear a los interlocutores del Gobierno del Estado, argumento que fue de inmediato rechazado por los enardecidos manifestantes que exigían la presencia del gobernador.

Y así ocurrió. El Ejecutivo se vio en la necesidad de dar la cara a los protestantes, evidenciando así la mentira ofrecida por sus colaboradores en el sentido de que no estaba en Palacio de Gobierno.

De los reclamos de justicia por el asesinato de Javier Valdez, y las fuertes y ofensivas palabras dirigidas a Quirino Ordaz por un líder agrario que se había sumado a la manifestación de los periodistas, mucho se ha escrito, y es por supuesto del dominio público.

Aquí lo importante y digno de comentar es el hecho de que Quirino Ordaz Coppel probó el pasado martes 16 de mayo de 2017,(a menos de 5 meses de haber asumido el poder), el trago más amargo de su vida política.

Sin embargo, creo también, que al mismo tiempo se le presenta la oportunidad de asimilar la enseñanza que le debiera dejar este negro acontecimiento en el sentido de hacerlo entender que gobernar un estado como Sinaloa no es solo dar banderazos de inicio de obras de gobierno entre risas y apapachos de la gente.

Me queda claro entonces, que el esclarecimiento del asesinato de Javier Valdez Cárdenas, a mi juicio particular, dadas las connotaciones estatales, nacionales e internacionales que está teniendo, es históricamente el reclamo más contundente y el reto de mayor peso y trascendencia política que gobernador alguno de Sinaloa haya tenido que enfrentar.

Un enorme paquete, que curiosamente le corresponde atender a un gobernador con nula experiencia política, desvinculado ya de los grupos y personajes políticos que le dieron su apoyo para llevarlo al poder, sin el cobijo y solidaridad de los propios correligionarios de partido, con una baja aceptación social, y lo que es peor, sin un gabinete de gobierno, compacto, fuerte, preparado motivado y capaz de ayudarlo a llevar su barco a puerto seguro.