Intolerancia

Pedro González Núñez, psicólogo español, pregunta: ¿Eres de esas personas que descalifican a las primeras de cambio ideas ajenas? ¿Eres de los que se molesta porque personas con opiniones diferentes a las tuyas tengan más oportunidades de expresarlas? ¿Consideras que todo el mundo debería pensar como tú?

Si has contestado afirmativamente a alguna de estas preguntas, considera que mantienes algún grado de intolerancia. Hablamos de grados porque lo normal es que, si dibujamos un segmento delimitado por “tolerancia” e “intolerancia”, todos nos situamos en algún punto de tal segmento. 

Con independencia de otras características personales, existen actitudes comunes en las personas intolerantes. Es decir que, en mayor o menor grado, encontrarás ciertas disposiciones que siempre van a ir unidas a su forma inflexible de pensar. Veamos los más identificables.

El fanatismo. Por lo general una persona intolerante muestra fanatismo a la hora de defender sus creencias y posturas. A nivel político, religioso, espiritual, etc., suele ser incapaz de discutir o conversar sin adoptar pensamientos extremistas.

Suelen mostrar amplios conocimientos no reales en cualquier materia. El intolerante no acepta ni escucha otros puntos de vista que no sean los suyos, y consideran que su actitud cerrada está justificada. Incluso pueden recurrir a la burla o a la agresividad si se ven cercados y sin argumentos.

Su mundo es más simple y carente de matices. Un ser humano intolerante tiene en realidad un mundo más simple. Es decir, no escucha, por lo que no se abren a otras posturas y formas de pensar. Su mundo es blanco o negro, bueno o malo.

Son fieles a la rutina. A las personas intolerantes, en general, todo lo que pueda ser imprevisto o espontáneo no les suele gustar. Se aferran a sus rutinas, algo que ya conocen y les ofrece seguridad y tranquilidad. De lo contrario, se estresan con suma facilidad.

Sus relaciones sociales pueden ser complejas. La falta de capacidad empática de un intolerante le puede acarrear problemas sociales. Necesitan corregir, dominar e imponer siempre su punto de vista. Por ello se rodean de personas pasivas o con baja autoestima. 

Suelen mostrar un alto nivel de celos y envidia. Un intolerante difícilmente aceptará el éxito de otra persona que no sea él, porque esa persona siempre será en algún grado diferente y, por lo tanto, en algún grado equivocada, y si ese individuo tiene una forma de ver el mundo más abierta y tolerante, le producirá una honda inquietud y malestar. (Hasta aquí Pedro González)

Si al escuchar usted las características presentadas por Pedro González sobre la persona intolerante se imaginó que describía la mentalidad de los autores intelectuales narcos del asesinato de Javier Valdez, le pasó lo mismo que a muchos de nosotros. El ejemplo es imposible de evitar.

En un sentido más intelectual, la intolerancia sería una función mental que se apodera de nuestra parte más ignorante e irracional del pensamiento, algunas veces asociada a una emoción típicamente agresiva.

Quien le da crédito a una actitud así, está cayendo en la irracionalidad y perdiendo el juicio cuando la actúa o la ordena.

Lo más intolerable de todo esto, es la intolerancia asesina.

“Ni uno más”.

Piénsele bien y seguiremos platicando.

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