Efectos de la renuncia

Sin duda, la nota que acaparó la atención de los medios a lo largo de la semana pasada, en el ámbito político electoral, fue el anuncio y posterior confirmación de la renuncia de Margarita Esther Zavala Gómez del Campo a más de 32 años de militancia en el Partido Acción Nacional. 

Quiérase o no, Margarita Zavala es por sí misma una mujer de sangre azul, en el más puro sentido partidista del término, hija de panistas y panista ella misma durante toda su vida ciudadana. Siempre estará de más en este sentido la referencia a su vínculo matrimonial con el expresidente de la República, Felipe Calderón.

El motivo esgrimido por la renunciante fue el mismo que se argumenta en casi todas las dimisiones partidistas: la negación de espacios para la competencia equitativa por las candidaturas. 

Llama la atención que el anuncio de la dimisión estuviera precedido por dos acontecimientos que, vistos a posteriori, llevan a pensar en el montaje de escenarios para la nueva etapa de vencidas internas que se jugaban en el PAN, y que podrían denotar la existencia de alianzas de un sector de ese partido con fuerzas externas, como también lo hace Anaya con el Frente, quien quizá era muy joven en 2006 como para recordar aquella gran disputa que se dio en el seno del PRI entre su dirigente Roberto Madrazo y Beatriz Paredes, que tuvo como desenlace el desplazamiento de ese partido al tercer lugar de las preferencias, o definitivamente es cierto el refrán, nadie experimenta en cabeza ajena.  

El primero de esos acontecimientos fue el mensaje que el calderonismo envío por conducto del senador Javier Lozano, quien el fin de semana anterior elogió al Secretario de Hacienda José Antonio Meade, una de las cartas del PRI que día a día parece consolidar su posición de aspirante presidencial, a quien le atribuyó la capacidad para generar el voto útil en la elección del próximo año.

Como respuesta, el martes se dio a conocer la posible integración de Nueva Alianza al Frente Democrático Ciudadano, lo que contribuiría a reforzar la imagen y aspiraciones de Ricardo Anaya no solo frente al resto de los partidos, sino en el plano interno del PAN, develando los nexos hasta entonces invisibles con Elba Esther Gordillo. 

Y no puede dejarse de lado la declaración de Ernesto Ruffo, cargado hacia la cancha de Anaya, quien en una absoluta ausencia de caballerosidad política, afirmó que la eventual salida de Zavala sería como ver brotar pus del blanquiazul.

El revire no se dejó esperar y fue más claro y contundente. El mismo día el senador Ernesto Cordero, expresó abiertamente su respaldo al aspirante priista, de quien dijo podría ser un buen Presidente para México, ponderó su trayectoria en el servicio público bajo gobiernos panistas y priistas, señaló que fue su compañero de gabinete, que ha sido un gran Secretario de Hacienda y es un gran servidor público.

Vistos estos acontecimientos en forma aislada nos dan la idea de que la ruptura era inevitable. Así lo confirmó la formalización de la renuncia presentada el pasado viernes por Margarita Zavala y la profusa difusión que recibió. 

Especulativamente podríamos hablar de un posible pacto entre un sector importante del PAN y al menos una de las opciones del PRI, lo que fue insinuado por Ricardo Anaya al señalar que es una acción que sólo beneficia al PRI, al que responsabilizó de fragmentar a la oposición.

De confirmarse la especie, el debilitamiento del Frente Democrático Ciudadano como consecuencia de la renuncia de Margarita Zavala, sumada a la recuperación de la imagen presidencial y su impacto positivo sobre su partido, y la ya más próxima definición de candidatos, podría tener como efecto el fortalecimiento de la eventual coalición PRI-PVEM-PES, que de postular a José Antonio Meade podría verse reforzada por una parte de quienes defeccionen del PAN siguiendo a Margarita Zavala, como lo expresaron los senadores panistas antes mencionados.

En encuesta publicada por El Universal el 18 de septiembre, las preferencias continuaban favoreciendo a Andrés Manuel López Obrador con un 23.3%; seguido de cerca por el PAN (unido) que alcanzaría el 20%; el PRI que por sí mismo lograría el 16.5%, el PRD con apenas 5.7%, el PVEM con el 5%, así como Movimiento Ciudadano, PES y Nueva Alianza con el 1% cada uno.

El escenario previo a la renuncia de Zavala perfilaba al Frente como ganador con el 26.7% que, hay que señalarlo, venía descendiendo del 29% alcanzado el mes anterior perdiendo 2.3%; Morena se situaba en segundo sitio con su 23.3%, ganando un 0.3% adicional respecto de la medición previa; y la alianza PRI-PVEM-PES se ubicaba en 22.5%; tendencias que de sostenerse nos llevarían a pensar en una elección de tercios en empate técnico.

En esa situación, Andrés Manuel no puede aún cantar victoria, pues es claro que la postulación de candidatos rentables de las restantes opciones partidistas generaría al menos su estancamiento. El Frente PAN-PRD-MC (¿PNA?) se verá seguramente mermado por el efecto Zavala, por lo que le será imposible sostenerse en el nivel de preferencia alcanzado, además de ubicarse en un verdadero riesgo de desintegración. 

El tercer bloque PRI-PVEM-PES tiene aún tela de donde cortar si la atención a los damnificados por los sismos, que está encabezando el Presidente Peña, le reditúa dos o tres valiosísimos puntos, además de los que pueda aportarle su postura de entregar apoyo real e inmediato a damnificados y su iniciativa para eliminar el financiamiento público y los legisladores y regidores de representación proporcional.

Habrá quienes argumenten que la inclinación de los votantes panistas ante el fracaso de su candidata Josefina Vázquez Mota se dio hacia Morena, pero no se puede ignorar que un buen candidato priista, sobre todo identificado con el PAN,  podría impedir que esa tendencia se repita.

Y a todo esto, ¿dónde quedó el compromiso de los partidos para apoyar a los damnificados de los sismos?