Balas, racismo y elecciones

"El odio mal dirigido es la desgracia de las razas"

2PAC SHAKUR (Rapero y sabio)

De los múltiples asesinatos colectivos que ya son costumbre en los Estados Unidos, deben derivarse enseñanzas que permitan construir nuevas formas de convivencia interracial e internacional, pues la frecuencia con que a últimas fechas se suceden en distintos puntos de ese país, es claro síntoma de que las actuales organizaciones supremacistas están más activas que nunca, y de que no puede considerarse que tales hechos sean necesariamente aislados.

La investigación sobre lo acontecido el 28 de julio en el festival del ajo de Gilroy, California, donde cuatro personas murieron a manos de un joven de apenas 19 años, llevó al FBI a considerar que la motivación para llevar a cabo la matanza, pudo haber sido estrictamente racial.

Lo acontecido apenas seis días después en un centro comercial de El Paso, Texas, no deja lugar a duda de ese mismo motivo, pues antes de la ejecución masiva el autor de 21 años publicó en un foro ultraderechista de Internet, un manifiesto en el que planteó como objetivo matar la mayor cantidad posible de mexicanos, y definió el ataque como su respuesta a la invasión hispana de Texas; al mismo tiempo que expresó su temor de que los hispanos tomen el control del gobierno de ese estado de la Unión Americana, para convertirlo en un bastión de los demócratas.

Aunque no son los únicos, estos hechos nos llevan a pensar que la campaña electoral permanente de Donald Trump está generando una mala influencia sobre jóvenes que sienten como su deber patriótico el eliminar a quienes "nos están matando en las fronteras y nos están matando en los trabajos y el comercio", como lo ha declarado su presidente al referirse a México y los mexicanos.

Esa afirmación no solo es racista, sino que se mezcla con una justificante del desempleo en aquél país, para elevar el odio a nivel exponencial en contra de todo migrante, en especial si se trata de hispanos, igual a como hace años se fomentó la animadversión contra la raza negra, con un altísimo costo social.

El discurso de odio no es exclusivo del gobierno estadounidense, porque tiende a caracterizar e identificar entre sí a los regímenes populistas del mundo, sin importar si se ubican a la derecha o a la izquierda, y particularmente a los de América. En uno u otro caso, el discurso parece orientado a volver atrás la rueda de la historia –como diría Marx-, lo que se identifica en la tendencia a enfrentar la globalización con un retorno a la auto reclusión al interior de las fronteras, con su consecuencia de confrontación con otras naciones abusando del poder propio, cuando se tiene, como se observa en la falta de respeto a los acuerdos y tratados bilaterales o multilaterales en materia económica, migratoria y de otros ramos, o en el establecimiento de aranceles injustificados, en la intención de eliminar las relaciones en las que su contraparte obtenga un superávit de sus exportaciones y, en general, en la dispar guerra económica.

Para la gran mayoría de los regímenes populistas la confrontación internacional no es la vía, porque carecen del poder necesario para impulsarla, pero queda el recurso de la confrontación interna entre grupos sociales, de la que finalmente obtienen su legitimación formal, porque enarbolan como credo la premisa de que la virtud reside en el "pueblo auténtico" que constituye la mayoría aplastante. Así se divide a la sociedad entre una mayoría de "buenos", entre los que se encuentran los líderes y gobernantes (el pueblo auténtico), y un "pueblo malo", falso y por tanto ilegítimo que tiene un menor derecho que el primero.

Por ello Donald Trump no cesa en sus señalamientos contra los demócratas, a quienes acusa de haber abierto las puertas a la inmigración, y trata por todos los medios a su alcance de demoler las instituciones creadas en las administraciones pasadas, como es el caso de medicare, un programa de cobertura de seguridad social para proveer atención médica a todas las personas mayores de 65 años o discapacitadas de cualquier edad, administrado por el gobierno, que fue el emblema de la asistencia social norteamericana durante la administración de Barak Obama; o el programa DACA, una acción migratoria del gobierno de Obama que benefició a más de 750 mil jóvenes migrantes no documentados que ingresaron a ese país cuando eran niños y que cuentan con cierto nivel educativo, que fue revocado por Trump aunque la Corte Suprema dejó sin efecto la revocación.  

La administración Trump comparte la identidad de origen con el populismo de izquierda al asumir al pueblo como un mito, pero no la comparte en cuanto al sector social que se considera "pueblo bueno" o auténtico. Éste pueblo bueno es en países cuya economía se basa en el sector primario, la población rural, y aún en ella solo los campesinos más pobres, como fue el mujik ruso, el campesino-soldado alemán, el farmer-pionero norteamericano y el ejidatario mexicano, a quienes frente a los terratenientes o agricultores tecnificados se les atribuía cierta prioridad moral.

En el caso del nuevo populismo norteamericano la casta privilegiada sigue estando en el campo, pero son ahora los grandes agricultores que proporcionan la soberanía alimentaria, y son beneficiados con subsidios gubernamentales que les permiten competir con sus pares de otros países en condiciones de dumping.

Desde su primera campaña Trump ha insistido en que construirá un gran muro en su frontera sur, y en que hará que México pague por él, lo que probablemente esté logrando aunque en pequeña escala, al cargar a México el costo del control del flujo migratorio proveniente mayoritariamente de Centroamérica y el Caribe.

De lo que tampoco queda duda es de que el discurso permanente de Trump es de odio, y gran parte de él está dirigido contra México y los mexicanos; lo que ha hecho renacer las ideas supremacistas del viejo Ku Kux Klan, multiplicadas ahora en organizaciones como la NRA (National Rifle Association), 8chan, Alt-Right, National Policy Institute y muchas otras, hoy envalentonadas con el discurso de quien es ahora su líder moral ocupando la presidencia.

En una sociedad con herencia racista, continuar con el discurso de odio puede trascender de una gran responsabilidad política basada en la ambición de poder, a una complicidad en los múltiples asesinatos inspirados en la campaña electoral.

Esperemos que en México no crezca una confrontación o medidas similares.