06/04/2026 01:44:00 p. m.
Detrás de cada palabra que habita el lenguaje popular existe una historia, y en México, el término "teporocho" resguarda un relato que mezcla la necesidad, la economía de barrio y la vida nocturna de principios del siglo XX.
Aunque hoy en día el vocablo se utiliza de manera casi exclusiva para describir a las personas vencidas por el alcoholismo que viven en situación de calle, su verdadero nacimiento no ocurrió como un estigma social, sino como una ingeniosa y accesible mercancía de la banqueta.
La hipótesis más respaldada por los cronistas urbanos señala que la palabra proviene de una combinación matemática y lingüística muy simple.
A principios del siglo pasado, varios puestos semifijos en la Ciudad de México vendían una bebida caliente para el frío de la madrugada: una infusión de hojas de naranjo o canela con un buen chorro de alcohol de caña o aguardiente.
El costo de este remedio popular era de exactamente ocho centavos.
La rapidez de la rutina y la fonética de la calle hicieron lo suyo. La clientela acudía pidiendo un "té por ocho", frase que con el paso del tiempo terminó compactándose en un solo concepto: "teporocho".
No era una preparación diseñada para los grandes recetarios ni para las barras elegantes de las cantinas; era una fórmula barata, caliente y con efectos inmediatos que circulaba de mano en mano en jarritos de barro.
El verdadero giro de la palabra ocurrió cuando el lenguaje popular trasladó el nombre del contenedor al consumidor. El término perdió su significado original de bebida callejera para transformarse en un adjetivo calificativo destinado a quienes bebían en exceso de forma crónica en los espacios públicos.
Décadas más tarde, la literatura y el cine terminaron de consagrar el término en el imaginario nacional. En 1971, el escritor Armando Ramírez publicó la célebre novela "Chin Chin el teporocho", una cruda radiografía del barrio de Tepito que convirtió esta figura de la calle en un personaje literario complejo y urbano.
Posteriormente, la adaptación cinematográfica realizada por Gabriel Retes consolidó de manera definitiva al "teporocho" como un ícono de las contradicciones de la urbe del siglo XX.
El teporocho se mantiene vivo no a través de una receta escrita, sino mediante la tradición oral de una sociedad que narra su propia historia desde los márgenes, demostrando que el lenguaje se transforma.