12/24/2025 04:06:00 p. m.
Mientras nosotros estamos preocupados por el recalentado o los regalos de último minuto, en algunos rincones del mundo colgar una bota navideña o dejarle galletas a Santa Claus es, literalmente, un delito.
Aunque parezca increíble, existen gobiernos que prohíben la Navidad bajo amenazas que van desde multas que arruinarían a cualquiera hasta años de prisión, al considerar estas celebraciones como una "contaminación" cultural o una amenaza ideológica.
En este país, el régimen ha ido borrando cualquier rastro de libertad religiosa. Desde 2016, Kim Jong-un llevó esto a otro nivel al prohibir cualquier reunión que involucre alcohol o cantos que no sean patrióticos.
Lo más estricto es el calendario: el 24 de diciembre no se celebra la Nochebuena, sino el nacimiento de la abuela del dictador, Kim Jong-suk. Cualquiera que sea sorprendido celebrando "a la antigua" se enfrenta a campos de detención o castigos severos.
En este pequeño, pero millonario estado, el Sultán Hassanal Bolkiah prohibió usar sombreros de Santa Claus o cualquier accesorio festivo.
¿El castigo? Una multa de más de 21,500 dólares o hasta cinco años de cárcel. Aunque los no musulmanes pueden celebrar, deben hacerlo bajo un secreto absoluto y avisar a las autoridades para no ser arrestados por "llevar por el mal camino" a la población local.
Este país vecino de Afganistán endureció sus reglas desde 2013. La versión rusa de Santa Claus, conocida como Father Frost, fue prohibida en la televisión.
Además, por decreto del Ministerio de Educación, no se permite instalar árboles de Navidad (ni naturales ni artificiales) en escuelas o universidades, eliminando el ambiente festivo de las aulas.
En Somalia, el gobierno considera que la Navidad puede generar tensiones y problemas de seguridad, por lo que las celebraciones no islámicas son totalmente ilegales en espacios públicos.
Por otro lado, en China, aunque no es una prohibición total a nivel nacional, varias ciudades han prohibido la decoración y los eventos navideños en escuelas y centros comerciales para proteger a los jóvenes de la "propaganda occidental" y forzarlos a centrarse en las tradiciones locales.