Las voces silenciadas

Terminé de estudiar periodismo en la Carlos Septién en el 2014, casi de inmediato me fui unos meses a Europa, primero en compañía de mi hermano y luego, con grandes amigos me instalé por allá para conocer y estudiar inglés y francés. Regresé a México y antes de buscar trabajo quise pasar Navidad en el terruño y visitar a la viejita que me esperaba siempre, mi abuela. Engañé a mi madre, al despedirnos en el aeropuerto de la Ciudad de México le dije: "nos vemos en enero". La verdad es que en mí ya se gestaba la idea de quedarme en Culiacán. Una tarde caminando por el centro con mi hermano, nos encontramos a Javier Valdez, salía del banco y sin más nos acercamos a él, después de platicar un rato bajo el fuerte sol me invitó un café y al día siguiente empecé a formar parte de las filas del semanario. Fui feliz. Recibí de él -y de sus directivos- muchos regaños pero también enormes aprendizajes. A pesar de mis pocos años en esta tarea, he caminado por varias de sus vertientes. A él, a Javier, pocos antes de su asesinato me lo encontré un día de nuevo en el centro de Culiacán, caminamos unas cuadras juntos y me dijo las palabras más halagadoras que en esta tarea nadie me ha dicho y las atesoro y recuerdo cada vez que tomo mi libreta: "tu pluma vale, regresa a escribir morra". Creyó en mí. El 15 de mayo se cumplirán cinco años de su artero crimen y esa, su pluma, sí que hace mucha falta, sí que valía. Hoy, son 1816 días de impunidad.

Ayer jueves por la tarde, la noticia del homicidio de Luis Enrique Ramírez fue llenando las páginas de las redes sociales, de los diarios y de los noticieros y de todos los portales. En algún momento, en twitter se volvió tendencia nacional.

Y en la misma proporción, el vacío entonces ya es muy grande. Inmenso. Porque no, no nos faltan ahora solo ellos dos, ni los casi diez del 2022, ni los 34 desde que inició el sexenio de AMLO, o los cientos y cientos que se han acumulado a través de la historia; nos faltan todos ellos, sí, y duele, pero también duele la ausencia de su voz, de su palabra, de sus letras, de su denuncia.

Luis Enrique tenía miedo, vivió en el exilio durante un tiempo, "hay un patrón en los recientes asesinatos en el que siento que encajo", dijo en aquel entonces.

El narcotráfico ha impuesto una mordaza en la radio, en los periódicos, en los canales de televisión, en todos los medios el tema se trata con pinzas. Pero Luis Enrique informaba sobre política, ¿es ese entonces, también un tema silenciado?

Cada vez que se mata a un periodista nos están robando la palabra y la oportunidad de escuchar todas las voces. Nuestras letras son el contraveneno, el antídoto no sólo al dar a conocer la delincuencia, la influencia del narcotráfico, sino también los excesos del poder, o los intereses económicos o políticos. La voz de los periodistas, valiente y expuesta se convierte en arma poderosa para quién en cualquier ámbito busca la impunidad a su deshonestidad o a sus crímenes.

Hoy, nos falta Luis Enrique Ramírez, es ya un día de impunidad. No nos van a callar, gritamos en las marchas después de cada asesinato. Pero no es verdad. Nos están callando.


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