México, más allá de la muerte (parte 19)

La finitud que a todos pertenece no acepta renuncias. Es posible que no está lejana la perpetuidad que delate una inmortalidad para afirmarse en la existencia sin tiempo.

El artista flamenco "El Bosco", pintó en el siglo XVI, en el Palacio Ducal de Venecia, en óleo sobre madera, la "Visión del más allá", que incluye cuatro temas: El Paraíso terrenal, la Ascensión al Empíreo, la Caída de los condenados y el Infierno. En la pintura dividida en secciones, aparecen mujeres y hombres, ángeles, demonios, la fuente de vida, la luz divina al final del túnel, el cielo y las tinieblas. Sitúa a la vida en el más allá, en la recompensa o el castigo y desesperanza. Los extremos del juicio final en la calificación última, dominan la expresión del creativo pincel, hecha arte y designio.  Las tablas han conservado su nitidez, contienen tonalidades claras, opacas y oscuras, más sombras que luces, que ambientan el lugar. La imaginación fascinante del artista para descubrir el sitio al que irremediablemente habremos de ir: el destino inmediato.

Quizá no acertamos al tratar de entender el porqué de la muerte, ni su presencia. En alguna medida le damos cabida a la propia fantasía de la muerte; pensar en alejarnos de ella hace bien a la mente, brinda cierto sosiego.

En la época actual afrontamos a la muerte como condición para habitar lo que se desconoce; para aprender de uno mismo y seguir sin conocer su enigma... el misterio del más allá. 

¡Somos seres de un día! refirió Píndaro. 

¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué somos? ¿Qué no es? O bien: "... el testigo único de la auténtica verdad, el tiempo" (Odas Olímpicas, 65-67).

Acercarse a la muerte, a su inquieta interpretación y significado , -si algo nos deja claro- es el sentido inexplicable de su comprensión. En tanto, permanece el empeño por descifrarla, sea como acontecimiento determinante o fenómeno fundamental.

Parece que desde el fondo del abismo se escucha a la muerte... avanza nebulosa como revelación que atraviesa océanos. 

Muerte, desgarras a diario a los países, acechas a los continentes, agobias al mundo con dolor. Muestras tu rostro atroz. La condena de tu peregrinaje, se estacionó también en América, cimbrando corazones. 

¡De súbito apareciste por asalto una y otra vez! En tu elección aberrante no discriminaste, aunque la saña de tu furia -recordemos a las tres terribles deidades vengadoras, las furias de la primitiva mitología grecolatina, las "Euménides", temidas hasta por los dioses, eran halagadas para no alentar su ira y nunca son vencidas- se volcó en el espacio doméstico, en el territorio de la armonía.

En ese afán llegaste precipitada al camino nuestro, al refugio de los afectos, a las querencias abandonadas, algunas no siempre olvidadas.

Algunos la tratan con llaneza; otros con tensa zozobra; muchos invocan "est deus in nobis", "Dios está con nosotros".

Las emociones se levantan dentro de nosotros; tenemos la fortaleza de las pasiones intensas que obsequió la vida. Es cierto que la muerte sacude con su impía maldad, aunque nunca será suficiente para eclipsar la legítima esperanza humana de un amanecer mejor.

¡De alguna manera estamos listos, aunque sea sorpresiva tu llegada! Para el viaje, llevamos en la alforja dotación de experiencias y lecciones entrañables; ¡sentimientos arraigados y la imaginación igualmente atrevida!

¡Con ese despertar arribamos al más allá!

Hay un brillo expansivo en el abrazo del empíreo. La alegría refulgente es la bienvenida solemne...

Continuará...


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