Mario Zamora: ¿gavilán o pichón?

Por muchas razones, las elecciones del pasado domingo 6 de junio han sentado un precedente histórico en nuestro estado de Sinaloa.

La lucha por el control de los poderes se percibió tenso desde el momento de las designaciones de las candidaturas.

El ambiente político era, desde entonces, desfavorable para la concordia, el respeto, la armonía y la civilidad política.

Se dibujaba en el firmamento político electoral una lucha sin pudor y menor rubor... A nadie parecía importarle guardar las formas.

Las disputas se dieron, incluso entre los grupos políticos afines, y con inusitada intensidad.

Fueron verdaderos actos de canibalismo, en que se disputaron con todo las candidaturas en juego. 

En esa dinámica, unos corrieron disgustados hacia otros espacios políticos. Otros asimilaron el amargo dolor del desaire y algunos más aguantaron el vendaval hasta lograr sus propósitos.

Y es que el pastel no era cualquier cosa, estaban en disputa la gubernatura del Estado, las alcaldías, diputaciones locales y federales.

La violencia política, por más que se quiera negar, mostraba desde entonces sus feroces fauces.

La gente lo percibía. Lo comentaba la población, a veces de manera franca, abierta y temeraria, y en otros casos de manera discreta y soterrada. El miedo cabalgaba amenazante y retador.

Y, finalmente, las confrontaciones entre los candidatos y candidatas, algunas veces más personales que ideológicas y políticas quedarían atrás... Había llegado el momento de la verdad.

La fecha establecida por el INE tocó la puerta de las elecciones, dando el tiro de gracia a las múltiples y polémicas encuestas.

El voto ciudadano cobró vida y debería hacerse presente en las urnas electorales para de manera libre y democrática, darle vigencia a la única verdad política.

Pero ese día, la pintoresca y bondadosa democracia se mezcló con la perversidad de la violencia, quedando ambas atrapadas en una especie de matraz, cuya química pudo generar una extraña y poco deseable mezcla  socio política.

Y dígase lo que se quiera decir, pero la realidad es que esa nefasta mezcla manchó para siempre la libertad y la democracia del estado de Sinaloa.

No son pocos los ciudadanos que por intereses personales, sociales, económicos o políticos minimizan el hecho y lo dan por descartado.

Ubicamos en esa tesitura a los ganadores de las elecciones, quienes aseguran que la violencia solo existió en la mente de los vencidos.

"Es producto de un rumor urbano totalmente ficticio, pero con claras intenciones de minimizar el triunfo arrollador del candidato de MORENA-PAS, Rubén Rocha Moya", aseguran.

Pero no son menos los que aseguran por su parte, que la violencia política fue una realidad vivida durante el día de la jornada electoral.

Levantones, secuestros, robos de casillas y urnas, así como cientos de actos de intimidación a los activistas y promotores del voto para la alianza PRIAN-PRD se difundieron a través de las redes sociales de grupos familiares y de amigos.  

Pero los Partidos políticos ganadores lo niegan, y con sobrada razón exigen las pruebas indispensables para fincar una demanda judicial.

Y sobra decirlo, de parte de los que acusan, nadie, si es que tiene las pruebas de los actos violentos, está dispuesto a aportarlas.

Y es que todos sabemos, que el MIEDO NO VIAJA A LOMO DEL BURRO, por considerarlo lento en su andar, toda vez que la adrenalina exige un paso rápido para alejarse del peligro, cuando éste nos acecha.

En otras palabras, en Sinaloa, por nuestra pasada y presente vida sociocultural, sabemos muy bien como "masca la iguana" en materia de hacerle al valiente y querer retar a la narcoviolencia. 

Ello explica por sí solo el silencio obligado de todas y todos con respecto a los presuntos secuestros y levantones.

Es evidente, de tal modo, que todo quedará en puros rumores, porque  los testimonios de los supuestos afectados por los grupos armados nunca llegarán a ningún tribunal.

Por cierto, me llama la atención que el mismo candidato perdedor de la contienda, Mario Zamora, haya negado ser el actor principal del acto de impugnación de la elección presentado este viernes 18 de junio por los partidos de la alianza que lo abanderaron para buscar la gubernatura de Sinaloa.

Mario declaró a la prensa local que la impugnación la presentaron los líderes nacionales de los tres partidos PAN-PRI-PRD, pero que desconocía los pormenores.

Pero más me llama la atención la premura con que la Presidenta del CDE del PRI en Sinaloa, Cinthia Valenzuela, se desmarca igualmente de la impugnación.

Con esta negativa, el PRI Sinaloa le da la espalda a Mario Zamora y, de paso, prácticamente reta y desconoce a la dirigencia nacional de su partido.

Ante la singular e inexplicable postura de los dirigentes del PRI estatal las preguntas surgen en cascada.

1.- ¿Quién ordenó a los dirigentes del comité directivo estatal tan apresurada aclaración y deslinde de la impugnación de las elecciones del pasado 6 de junio? Aunque la respuesta es obvia, se la dejamos al amable lector.

2.- ¿Con ésta postura del PRI, se debe interpretar lo que mucho se especuló en el sentido de que la candidatura de Mario Zamora estuvo previamente pactada y negociada en favor del candidato de MORENA?

3.- ¿Será acaso que la inmediata aclaración y deslinde de la impugnación fue acordada por los mandos cupulares por miedo a incomodar a quienes entregaron la promesa de entregar la candidatura de Mario Zamora en calidad de un pichón con plumaje de gavilán?... Puede ser.

Aunque, claro, la historia que a diario se escribe, quizá nos regale algún día la respuesta cierta.


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