6 de junio, dos caminos

"La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás", Winston Churchill

Al momento de escribir esta colaboración faltan sesenta y dos días para que los mexicanos vayamos a las urnas, a tomar la decisión más trascendente de la historia nacional en condiciones de paz y aún en plena libertad democrática.

El próximo 6 de junio votaremos por renovar la Cámara de Diputados, al menos en parte, porque casi la mitad de sus actuales integrantes buscarán ser ratificados en el cargo; serán remplazados también cerca del 47 % de los gobiernos estatales y congresos locales, así como una gran cantidad de ayuntamientos.

Cada una de esas instituciones y cargos tiene su importancia propia, pero en la circunstancia política actual, en la que se discute un cambio cuya profundidad muchos no hemos alcanzado a dimensionar, la elección de diputados federales adquiere relevancia particular, porque la conservación de las actuales mayorías o su modificación es clave para acelerar o ralentizar ese cambio.

Si Morena y sus aliados conservan la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, persistirá un desequilibrio democrático que a la postre profundizará el control de esa cámara por el Ejecutivo, lo que en los hechos significa la concentración de dos poderes en un solo individuo, atentando contra el principio de división de poderes consagrado en el artículo 49 de la Constitución.

Si la oposición en su conjunto logra hacerse de por lo menos ciento setenta y cinco escaños, habrá una nueva normalidad democrática que contendrá el riesgo de un gobierno que continúe por un rumbo autoritario, y propiciará que en las decisiones nacionales participe la representación de las minorías que no optaron por el rumbo actual.      

No es exagerado afirmar que el primer domingo de junio México se juega su futuro, y no quiero decir con ello que el país se vaya al abismo si nos la jugamos con el gobierno actual, como tampoco sucederá si optamos por la oposición a él. Nuestra nación va a continuar gane quien gane, pero es indudable que una y otra vía puede presentar obstáculos para nuestro desarrollo y madurez como sociedad.

Con independencia de la fuerza que cada bando represente, el 5 de abril se inició la que podría ser la madre de las batallas políticas de este siglo. Ideológicamente, de un lado se enarbola la defensa del interés de las mayorías desposeídas, en una especie de reviviscencia de la teoría marxista, que aparentemente había sido   superada por la historia con la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, y con la disolución de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) en septiembre de 1991, para replantearla en su nueva modalidad de populismo autoritario.

Del punto opuesto se plantea la defensa del sistema de libre competencia que tiene como centro a las empresas, incentivadas para ser más eficientes, innovar y mejorar constantemente la calidad de sus productos, incrementar con ello el consumo, y alcanzar la utopía de dar ocupación a toda la población en edad activa, para cerrar un círculo económico virtuoso en apariencia infinito, pero que al haber fracasado en el pasado y no ofrecer alternativas, muestra su carencia de humanismo verdadero, al mismo tiempo que ofrece una forma de gobierno en la que formalmente tiene participación el pueblo, pero que en el ejercicio real el poder político se concentra en quienes detentan el poder económico.

Dos extremos que no parecen tener manera de encontrarse para diseñar una tercera vía, sobre todo porque los individuos que ejercen el poder en una y otra forma, dan prioridad a intereses económicos de grupo y a los propios, porque han perdido la visión del interés social, si alguna vez la tuvieron.

En ambos casos se propone la democracia, pero con una concepción reduccionista y limitada a grado tal que la identifican solamente con su vertiente electoral, que es sin duda uno de sus es pilares fundamentales, pero no su elemento único.

Las prácticas fraudulentas de obtención de votos, el aprovechamiento de la ignorancia y la necesidad de las mayorías, la explotación de añejas esperanzas a través de promesas que por lo general no son cumplidas, así como el ejercicio individualista y autoritario del poder, implican un engaño que se practicó en gobiernos del pasado, pero que encuentra en el actual un excelente caldo de cultivo.

Si el equilibrio de poderes vuelve a funcionar la 4T no se acaba. El presidente López Obrador tendrá ante sí una gran oportunidad para replantear el rumbo y el ritmo de su proyecto, y entonces sí trascender como el gran transformador de México, lo que sin duda es su aspiración individual.

El escuchar activamente y tomar en cuenta las opiniones de su equipo de trabajo, permitir sus opiniones, comentarios y apreciaciones, y el estimular el sentido de pertenencia a su gobierno y su proyecto, lo alejará de la tentación autoritaria, enriquecerá su gobierno, desterrará la polarización y lo presentará como un auténtico estadista.

El entender que su equipo somos noventa millones de ciudadanos y no solo los treinta millones que sufragaron por él, lo llevará a no marginar ni rechazar a nadie, eliminará el clima de conflicto y sumará en beneficio del país y su aceptación como mandatario.

Si el presidente asume como propio y llena de contenido lo que expresó a los gobernadores en su carta del 23 de febrero, absteniéndose de manipular el voto, y garantiza con equidad la libre decisión de la ciudadanía, cumplirá su declarado propósito de "establecer, en definitiva, una auténtica democracia en nuestro país", como escribió en su misiva.

En sus manos está aprovechar las condiciones inmejorables para convertir en realidad esa aspiración histórica de México, materializando mediante el respeto a la pluralidad y las instituciones su reconocimiento de que existen partidos políticos bien definidos e instituciones electorales encaminadas a ser cada vez más libres e independientes, como el Instituto Nacional Electoral; se verá como real estadista si desde la presidencia sostiene el indeclinable compromiso de respetar y hacer respetar la libertad soberana del pueblo.


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