El teatro sublime de la política (Acto II)

El teatro de la política se significa por la intensidad de ambiciones y afectos. Por su seducción. Sí, es en la vida misma en la que se manifiestan sus exigencias y consentimientos. Lo indescifrable de las circunstancias. De un momento a otro muta de lo increíble y verdadero a lo incierto y fantasioso, de la razón a la desmesura. 

La mediación de la política se extiende para enfatizar su utilidad, para ampliar los atributos del poder; que le permiten alcanzar el potencial de sus posibilidades, el despliegue de singularidades: ¡la política de cuerpo entero!

En el tiempo los ciclos se repiten, el teatro los consagra en la memoria colectiva. Las representaciones de ayer, reaparecen ahora con insistencia. 

La vida pública sorprende en escenas, los giros y actuaciones se encuentran, coinciden, se armonizan o se repelen. En su seno se desborda la naturaleza humana.

La abundante narrativa del teatro público está nutrida de misterios y leyendas. Se ha instalado en las diferentes épocas y en los tiempos de todos. 

Las obras teatrales se enlazan una y otra vez en la reiterada secuencia de las desenfrenadas pasiones; alentadas por los apetitos, la sed de poder. Y el individuo viéndose en el espejo, es al mismo tiempo objeto de la mirada de los demás, de cara ante sus impulsos.

Los escenarios fastuosos, de novedosos montajes y alegóricas escenografías, anidan las historias convertidas en libretos. ¡Hacen de cada escena un hecho necesario, de cada acto un suceso significativo, de cada obra un acontecimiento trascendente!

Cargados de imágenes y simbolismos, los misterios, obsesiones, ideales y continuidades materiales, motivan la actuación de los individuos. El teatro congrega en el escenario las más disímbolas personalidades. Se identifican los personajes conocidos. En el elenco se mantienen actuantes, -a quienes podemos llamar sobrevivientes- muestran las marcas del tiempo, las huellas de lo aprendido. Instalados, estos veteranos ven llegar rostros nuevos, más no personajes ingenuos. Las generaciones se distinguen, los de reciente cuño acuden para sortear desafíos inexplorados; los conocedores del entramado sopesan su aparición, y miden los alcances en cada lance.

Unos y otros en su papel, con desempeño extrovertido o reservado, con voz o en silencio; entre reflectores o en la sombra; en los diálogos o en lo apartado de las acciones, con posturas marginales del centro de atracción ¡Cada quien en su lugar! ¡Cada uno en espera de la ocasión!

El  escenario teatral para aquilatar conocimiento y experiencia. El teatro sorpresivo de la política ¡una gran escuela! ¡muchos, allí se forman! ¡templan sus habilidades! Perdura la capacidad del poder para reinventarse... mantener con autoridad su legado vigente. En los plazos fijados, la cita en su horario estelar, para aglutinar la asistencia de muchos, la concurrencia principal de algunos, la relevancia de pocos.

En los extremos de la vida pública, encontramos el conocimiento y enseñanza de las diversas materias que la abarcan, la vocación profesional y la conciencia responsable de quienes gozan de esas virtudes; así también cunde el pragmatismo inconsecuente, hasta el aventurismo sin recato, con desapego a las formas, al interés general. 

La política y la vida en el escenario... vinculadas recíprocamente, en un entorno basado en los mecanismos de poder, de atmósferas nebulosas, en el que se desenvuelve el ejercicio de la autoridad, con sus alcances diversos y complejos. 

Historias de ayer similares a las de hoy. 

Continuará...


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