Coaliciones

"La política es el arte de impedir que la gente se meta en lo que sí le importa": 

Marco Aurelio Almazán

En su tragedia "Las suplicantes", Eurípides incluyó un diálogo entre el heraldo de Tebas y Teseo, rey de Atenas. Cuando el primero de ellos preguntó "¿Quién es el rey absoluto aquí?", Teseo respondió: "Este Estado no está sujeto a la voluntad de un solo hombre, sino que es una ciudad libre. El rey aquí es el pueblo, quien gobierna año tras año. No le damos un poder especial a la riqueza; la voz del hombre pobre manda con igual autoridad".

Aunque a usted le resulte familiar, esa idea no es contemporánea, se escribió 423 años antes de Cristo, hace más o menos 2,463 años. ¿Por qué traerla a colación?, simplemente porque en ella se ubica el ideal democrático que a muchos de los ciudadanos de la actualidad nos gustaría practicar y que se practicara en la política de nuestros días.

El Estado ideal al que se refiere Teseo es la democracia directa, ese sistema de gobierno en el que la decisión de todo asunto público recae directamente y sin intermediarios, en el pueblo. Este sistema quizá fue posible hace milenios, pero en la medida en que las sociedades fueron creciendo, la facilidad para la toma de decisiones directas fue complicándose hasta desaparecer, lo que abrió camino a la democracia representativa, en la que el pueblo elige a quienes habrán de tomar por él las decisiones.

Con el tiempo, el constante incremento de la población tuvo como resultado la reducción del margen para la participación directa del ciudadano en la vida política; se amplió de tal forma el número de votantes que la disputa por la representación se convirtió en lucha encarnizada por los votos, y a la postre demandó la creación de instituciones que organizaran esa lucha. Esas instituciones fueron los partidos políticos, que además de ser el medio para escoger a los encargados de tomar las decisiones, establecen contrapesos para evitar los excesos de poder.

Esos excesos que en México, por complicidad, llevaron a los partidos a un grado de desgaste tal, que hoy ninguno de ellos es capaz de incidir por sí mismo en la voluntad ciudadana, por lo que se ven obligados a unirse temporalmente entre sí para postular candidatos comunes, con el fin último de conquistar el poder o conservarlo.

El momento político de México es ahora de una lucha intensa entre dos distintos proyectos de nación, y eso impone a partidos que tradicionalmente se consideraron antagónicos la necesidad de hacer frente común ante quien ejerce el poder.

El solo anuncio de una coalición entre PRI, PAN y PRD ha levantado ámpula no solo entre algunos de sus militantes, sino también en sus oponentes. Los que antes miraban al PRI y al PAN como hermanos gemelos, al grado de bautizarlos como PRIAN, ahora se escandalizan por que se unirán para disputarles el poder y están prestos a descalificar la unión; hablan de agua y aceite, de unión anti-natura y cosas similares, como si no fuera natural unirse para vencer, igual que lo hicieron quienes hoy gobiernan. Nadie puede garantizar el éxito de esa coalición opositora, pero tampoco puede negar que es una posibilidad.

En este momento la lucha no es únicamente por conquistar posiciones, tiene como fin acotar la concentración que se ha venido dando en un solo hombre, lo que a todas luces sería benéfico para la sociedad y para el mismo proyecto de la 4T.

En realidad PRI, PAN y PRD no son realmente antagónicos. Los tres han convivido por décadas, aunque solo los dos primeros alcanzaron la cima del poder. Las supuestas diferencias entre ellos no se hicieron patentes a la hora de gobernar, ni en los 80´s del siglo pasado cuando juntos abrieron la válvula para liberar la presión social, al pactar el reparto de plazas de poder, como sucedió con el gobierno de Baja California o las presidencias municipales de Hermosillo, Mérida o Mazatlán; ni cuando en el año 2000 el PAN asumió la presidencia por doce años, en los que podría decirse que nada cambió.

Por el contrario, siempre existió colaboración para sacar adelante las reformas que requería el gobierno en turno, salvo por la reforma energética de Calderón que fue regateada por el PRI, para incluirla luego en el Pacto por México. El PRD no llegó a ejercer el poder, y fue siempre utilizado como la válvula liberadora de presión social; actuó de alguna manera como una izquierda domesticada.

Por esa razón se puede decir que la coalición es ideológicamente viable, aunque no exenta de reacciones de su militancia ni de intentos de descarrilamiento impulsados desde el poder. El análisis debe enfocarse en la posibilidad de que su fuerza conjunta sea suficiente para deshacer la mayoría morenista en la cámara de diputados y para evitar que gubernaturas que están en su poder las tome Morena.

La encuesta de Consulta Mitovsky levantada este mes revela que en Sinaloa la brecha en las preferencias electorales de la elección de gobernador, que favorecía a Morena, se ve más estrecha al ubicar al PRI con 28.5% de las preferencias, a menos de cinco puntos del puntero con su 33.1%; de manera que una eventual coalición PRI-PAN-PRD podría alcanzar 40.2%, en tanto que la formada por MORENA-PT-PVEM llegaría solo al 34.4%. Si el PAS opta por sumarse a la coalición opositora reforzará la posibilidad prianista, si va a la oficial, no modificará el escenario adverso para Morena. Pero de aquí a junio falta bastante trecho.


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