El Gobierno del vértigo

Los órganos del Estado mexicano atraviesan por una etapa de decadencia que acusan sus formas y contenidos. Las tres grandes entidades depositarias de las funciones constitucionales sustantivas, muestran signos deplorables en su actuación.

Nos referimos a los tres Poderes de la Unión: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La notoria degradación se observa principalmente en sus titulares y, cómodamente, alcanza también a una parte de los integrantes -la mención es hacia algunos, no a la totalidad-. Hay servidores públicos del gobierno, legisladores, o ministros, que cumplen con decoro y a cabalidad su tarea.

El desempeño en el balance de resultados es negativo. Pareciera que olvidan su elevada encomienda, o quizá, no aquilatan la trascendencia del sitial que ocupan. En su actitud aflora el desapego a la autonomía. El grado de sumisión a todo lo relacionado con el Ejecutivo es lamentable; actúan sin recato ni rubor alguno; desprecian la independencia de su función, sin velar por la elevada tarea de la institución y el equilibrio entre los poderes.

¡Las utopías no deben ser objetivos de los gobiernos! A lo sumo, pueden estar en su narrativa; en su declaración aspiracional. ¡Hasta ahí, nunca extenderse, ni arriesgar más! No son objetivos porque empeñarse en alcanzarlas, descuida lo principal y arrastra los verdaderos cometidos públicos. 

El Gobierno de la República a cargo del Poder Ejecutivo, trazó desde su inicio, horizontes ficticios, sin tener claridad en la ruta ni el destino. En la algarabía del triunfo se creyeron omnipresentes; imaginaron que la cosa pública era sencilla, sin ver contingencias, ni la volatilidad del entorno. No midieron el nivel de su incompetencia. No se interrogaron el ¿Cómo?, ¿Cuánto?, y ¿Para qué?

Se preguntarán ustedes, si lo único importante de un gobierno son los buenos resultados. Lo que se considera el fondo de las cosas. Este gobierno no acierta en la forma ni en el contenido. Distante de los conceptos: no hay eficacia, ni eficiencia, tampoco solvencia. No alcanza ningún propósito determinado. No hay resultados, ni racionalidad; hay exceso en la erogación de recursos previstos, mimetismo en gastos y crecimiento presupuestal discrecional. Sin concreción, en dos años, los objetivos propuestos y las metas proyectadas incumplidas, confirman día a día su fracaso.

¡Es un gobierno que no conoce políticas públicas exitosas!

Es decepcionante para un gobierno no contar con un logro auténtico. En el ámbito político, no hay diálogo con los diversos autores partidistas, privados y sociales, como elemental ejercicio político: no hay ningún acuerdo nacional o regional, tampoco alguna convocatoria a la unidad nacional. La coordinación y comunicación con el orden local es errática; una parte importante de gobiernos estatales, con voz y carácter, han marcado distancia con la federación. Diversos sectores de la sociedad, se expresan inconformes, se mueven y organizan por su lado. En economía, los índices van de mal en peor. En política internacional, el país está ausente en la participación de la geopolítica mundial y regional.

Los resultados son desfavorables en todos los órdenes: salud -se considera que el manejo de la pandemia es uno de los peores del mundo-; economía, comercio y finanzas; justicia, inseguridad, delincuencia y criminalidad; calidad de vida, desempleo y aumento imparable de productos esenciales; competitividad, inversión y paridad cambiaria; turismo, medio ambiente y desarrollo sustentable; obra pública, transparencia y calificación internacional sobre corrupción. 

En todos los rubros los resultados son negativos, incluso, en algunos, son alarmantes. Ninguna actividad conservó el nivel de años anteriores; por el contrario, no obstante las críticas reiteradas que hacen de los gobiernos recientes, todos los indicadores apuntan hacia arriba, o hacia abajo, según las llamativas gráficas que miden resultados. 

El desierto del gobierno se disuelve con distractores y temas absurdos, insustanciales. Llaman conquistas a sus persecuciones y advertencias. En el curso de la vida institucional han impuesto condiciones que penden amenazantes hacia la permanente fractura. 

Van camino a convertirse en un vacío desalentador del México contemporáneo. ¡Eso sí, actúan con vehemencia! Vehemencia en este empeño por deshacer.

¡Desunen y degradan!

Meses que se juntaron en dos años improductivos. ¡Qué días y tiempos perdidos para el país! 

Recuento de ingratos episodios domésticos que se alargan, acumulándose.

Con celeridad en la equivocación, sin reparo ni autocrítica.

¡Es el gobierno del vértigo!


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