Juan Alfonso y Celerino

Desde el momento en que llegó a este mundo, el niño dejó entrever lo que sería ya de adulto.

Era inquieto, llorón y rebelde, hasta para aceptar la teta amorosa que su madre, a través de su glándula mamaria le ofertaba para entregarle el nutritivo alimento.

Se supo que días después del alumbramiento, el matrimonio se presentó a las oficinas del registro civil para dejar asentado el nombre que llevaría la criatura por el resto de su vida.

Se va llamar Agripino, como su padre, dijo en tono imperativo el marido.

"Dios nos libre", gritó indignada Doña Librada, la madre del inquieto y  batalloso chiquillo. 

"´Ta bueno, vieja... Ni tú ni yo... Póngale Celerino a éste cabrón, ya que pinta pa´ ser muy acelerado", ordenó el jefe de la familia.

Cuenta la gente del Potrero de los Camotes, nombre del rancho en que habitó la familia de quien hacemos referencia, que apenas cumplidos los 14 años de edad, Celerino ya se había convertido en un dolor de cabeza para todos los habitantes del rancho y sus alrededores.

Y es que a tan corta edad nuestro personaje, estaba convertido en un jovencito pendenciero y parrandero que se la vivía de fiesta en fiesta protagonizando broncas de todo tipo.

La verdad, es que no tenía quién lo metiera en cintura, ya que desde muy temprana edad había quedado huérfano, luego de que Agripino su padre, paradójicamente había muerto de un catarro mal tratado en el Seguro Social.

Pero, un mal día, ocurrió lo que normalmente le  sucede a quien lleva ese tipo de vida disipada, desenfrenada y sin control alguno.

Celerino acudió aquella ocasión a una boda baile, precisamente allá por los rumbos de El Potrero de los Camotes, su pueblo natal.

Aseguran los lugareños que ese día Celerino estaba cumpliendo sus 15 años de edad, lo que lo hacía sentirse todo un hombre hecho y derecho.

Por esa razón, ya entrado en copas, se lanzó al ruedo a bailar con la novia de la boda durante la famosa tanda Húngara.

Estaban los músicos de la banda tocando a todo pulmón la alegre pieza de "El matarile", cuando el novio observó que su ya esposa forcejeaba con Celerino, ya que el mozuelo le estaba arrimando muy fuerte las espuelas.

Y se armó la trifulca. Hubo jaloneos, sillazos, trompadas, arañones y.... balazos.

El novio resultó malherido con tres tiros de pistola en su cuerpo, disparos realizados por Celerino, quien con el arma en la mano  se abrió paso entre los invitados, perdiéndose entre las verdes veredas del monte que rodeaba aquel viejo poblado.

Trascendió, sin que ello sea verdad, que la policía buscó al rijoso muchacho por varios años, hasta olvidarse del caso, toda vez que el novio logró salvar la vida, lo que restó importancia a la búsqueda del fugitivo.

Pero, eso sí, de Celerino nunca nadie supo nada, y tampoco se le volvió a ver por esos rumbos.

De su madre se dijo, que tras los hechos violentos en que participó su hijo, también se fue del pueblo con rumbo desconocido, y en busca quizá de encontrarse con su incierto destino.

Y como el tiempo pasa y nadie ni nada lo detiene, 30 años después, reapareció Celerino, convertido en un hombre serio, formal y con apariencia de adinerado.

Es obvio que los habitantes de El Potrero de los Camotes no lo reconocieron y, ni por asomo, pensaron que ese hombre fuera el joven pendenciero que una noche saliera huyendo de esa pequeña comunidad después de acabar a punta de bala con la fiesta de una boda.

Sólo supieron que el misterioso personaje andaba buscando a una señora llamada Librada, de quien nadie supo darle razón.

Por varios meses el hombre aquel anduvo indagando por todos los pueblos circunvecinos tratando de encontrar una pequeña huella de su señora madre.

Fue durante una plática informal con un hombre viejo y solitario, que de manera circunstancialmente se encontró en la banca de una plazuela donde encontró la fórmula mágica para dar con el paradero de doña Librada.

¿En verdad quieres saber dónde anda tu madre, y de una vez que la gente te diga de donde saliste y que anduviste haciendo durante toda tu vida?, preguntó el anciano.

Claro que sí, Don Salvador, eso es lo que busco desde hace mucho tiempo, respondió Celerino.

Muy bien, mi amigo, pues entonces, métete a la política y le dices a la prensa que eres originario de este pueblo y que vienes con todas las intenciones de luchar contra los caciques y políticos bandidos que han asolado ésta región.

Al día siguiente, los titulares de los periódicos dieron a conocer la nota del día. "PODEROSO HOMBRE DE NEGOCIOS, SE DESTAPA PARA LA PRESIDENCIA MUNICIPAL".

Fue al tercer día del famoso destape, cuando aparece un desplegado en todos los diarios de la región anunciando el siguiente texto: "Un cínico, parrandero y delincuente pretende convertirse en nuestro Presidente Municipal.

Y el texto del comunicado, remata con un mensaje más contundente; "Si tuviera vergüenza y dignidad, ese tal Celerino, se iba a sacar a su pobre madre del tétrico burdel en que trabaja de afanadora desde hace cerca de 30 años.

Por fin y gracias a la política, el célebre Celerino había logrado dar con el paradero de su humilde madre.

EL SECRETARIO DE EDUCACIÓN PÚBLICA Y CULTURA DE SINALOA, Juan Alfonso Mejía, es un joven profesionista, destacado en el ámbito de la lucha social, la cultura y desde luego la educación.

Es un excelente ciudadano, hombre ejemplar y un profesionista y funcionario entregado a la responsabilidad que se le confirió.

Pero está siendo mencionado como posible candidato al Gobierno de Sinaloa y ello le ha merecido que hoy esté siendo gravemente satanizado y atacado, sacando a colación hechos históricos que supuestamente involucran a su familia y que pudieran influir en contra de su  proyecto político electoral.

CONCLUSIÓN: La política suele ser navaja de dos filos... Dos puertas a las que puedes ingresar, pero que te pueden llevar hacia rumbos distintos.

La política puede matar esperanzas, como es el caso de Juan Alfonso Mejía, pero también ofrecer ilusiones, como sería el caso de Celerino, el metafórico personaje de mi historia de este día.

LA POLÍTICA ES EL ARTE DE IMPEDIR QUE LA GENTE SE META EN LO QUE SÍ LE IMPORTA. (Marco Aurelio Almazán)


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