Cuén, Mejía, Vargas, Rocha, Castro, Gandarilla, Valdés, Torres, Zamora, Madrid…

¿Qué tienen en común estos apellidos? El deseo de gobernar a los sinaloenses. No significa que son los únicos, la lista está compuesta más o menos por 50 nombres, hombres y mujeres, líderes sociales, presidentes de partidos, servidores públicos, exservidores públicos y representantes populares.

No es que las reglas cambien, es que algunos estatus cambiarán para ajustarse a las reglas y en pocas semanas todos deberán estar en igualdad de circunstancias, cancha pareja para todos.

En estos momentos, algunos utilizan su investidura y estructura para promover sus intenciones, las renuncias de los servidores públicos ya están redactadas y con fecha, lo mismo ocurre con los representantes ante los congresos o las presidencias municipales, unos en busca de la reelección y otros en busca de un nuevo puesto; no hay de otra, así debe ser según los tiempos que señala la ley.

El otro tema es la potencialidad de cada aspirante y la atomización de la población votante, entre más candidatos menor número de votos… Cuén lleva años trabajando, es bueno para muchas cosas pero los triunfos electorales se le han resistido en el pasado; Juan Alfonso Mejía resulta una revelación incómoda para muchos y una incógnita para otros; Gerardo Vargas tiene el ímpetu de la seguridad de sus números; Rubén Rocha el soporte e influencia de sus amigos “pesados”. Imelda Castro -a su favor- el equilibrio del género y la madurez de su recorrido político; Carlos Gandarilla la simpatía y el consejo de la clase política vieja; Jesús Valdés la aceptación de un segmento electoral consistente y representativo; Sergio Torres un morral de sorpresas; el senador Zamora una oportunidad natural, y Ricardo Madrid una oportunidad a destiempo.

Los demás, incluyendo el bueno o designado por el Olimpo, estarán más que en la competencia en la mirada de los sinaloenses dentro de pocas semanas, así que no adelantemos vísperas, mejor veamos el desempeño profesional y los derrapes propios de una contienda que exhibe dos cosas: la capacidad para venderse políticamente a sí mismos, y la capacidad ciudadana de creer o volver a creer. Mientras sólo son nombres.


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